Todo lo que fui…
lo soy.
Pero esta vez, lo estoy aprendiendo a abrazar sin huir.

Ya no duerme en cámaras de amatista.
Ya no viste túnicas sagradas ni camina en columnas de obsidiana.
Ahora… Iskra se despierta en una ciudad donde los autos gritan más fuerte que los pájaros.

Se prepara café con un misticismo que sólo ella comprende.
Mira por la ventana con los ojos de alguien que recuerda algo que no puede explicar.

Y, aún así,
algo dentro de ella arde.
Fino. Constante. Indomable.

El altar invisible

No necesita velas para encender lo sagrado.
Su cuerpo ya es un altar.
Su respiración, una plegaria.
Su piel… un mapa de memorias vivas.

Todo lo que toca, lo transforma.
No con fórmulas místicas, sino con presencia radical.
Cuando habla con alguien, lo ve. Lo siente. Lo recuerda.

A veces le da miedo. A veces se aisla.
Pero otras veces —las más bellas— abraza su fuego sin pedir perdón.

El don cotidiano

Su don no es levitar, sanar con manos o leer el futuro.

Su don es saber cuándo alguien necesita silencio.
Es detectar la tristeza detrás de una sonrisa.
Es escribir palabras que abren portales.
Es elegir no responder cuando su alma dice “espera”.

Su alquimia no está en los libros.

Está en cómo convierte un mal día en arte.
Un llanto en intuición.
Un “no puedo más” en reinvención.”

El cuerpo que se acuerda

Hay días en que Iskra no puede más. En que se siente sola, agotada, desubicada.
No entiende por qué todo duele más que en otros. Por qué necesita estar sola para volver a respirar.

Y es entonces cuando su alma le susurra:
“Recuerda cuántas veces moriste.
Cuántas veces regresaste.
Esta piel no es debilidad…
es contención estelar.”

Y se abraza.
Se lava la cara.
Se pone música.
Y vuelve al mundo con una nueva capa de fuego.

El llamado de esta vida

Hoy, Iskra no busca ser reconocida.
Busca ser real.

Crea desde el alma.
Comparte sin forzar.
Y, aunque aún batalla con dudas y sombras, ha entendido que no necesita tener todas las respuestas para ser luz.

A veces enseña.
A veces calla.
A veces se rompe para volver a elegir su verdad.

Porque esta es la vida en la que elige ser libre.
Libre de linajes.
Libre de roles.
Libre incluso de la necesidad de “ser especial”.

Esta es la vida donde Iskra se convierte en puente.
Entre lo humano y lo estelar.
Entre el dolor antiguo… y el arte que lo transmuta.

Y aunque a veces se sienta pequeña frente al mundo, sabe que una chispa que recuerda, puede incendiar galaxias dormidas.

Epílogo del presente

“No vine a salvar el mundo.
Vine a vivirlo intensamente.
A dejar migas de fuego donde otros solo ven ruinas.
A mirar de frente lo que arde…
y convertirlo en lenguaje sagrado.”

El fuego que deja huella
He ardido en muchas formas…
pero nunca como ahora.
Nunca tan despierta.
Nunca tan viva.

El legado no tiene nombre

Iskra no construye templos.
No deja estatuas.
No graba su nombre en piedra.

Su legado es invisible.

Se transmite en miradas que despiertan.
En palabras que alguien lee justo cuando iba a rendirse.
En ideas que germinan donde ya no había esperanza.

Cada vez que elige no repetir un patrón,
cada vez que se honra antes que complacerse,
cada vez que brilla sin pedir permiso…

una línea del tiempo se reescribe.

Y así, crea legado.
Silencioso. Sutil. Imparable.

El siguiente llamado

A veces, Iskra se detiene.
Sabe que esta no es su última encarnación..

Pero eso no la asusta.
Porque ha aprendido que lo eterno no necesita apuro.

Y que el alma que arde en conciencia… ya está cumpliendo su propósito, solo por atreverse a ser.

Y así…

Así se va escribiendo su camino,
Iskra siempre volverá.
No porque falte algo.
Sino porque el fuego que recuerda… nunca deja de danzar.