Nunca antes fue tan necesario hacernos las preguntas, de forma incesante e incisiva, de: ¿Cómo queremos que sea nuestro futuro y el de nuestra generación descendente? ¿Cómo queremos que sea el futuro del planeta? ¿Cómo queremos que sea el planeta para todas las especies del reino animal, vegetal, fungi, etc.?
¿Tenemos la capacidad de empatizar con la vida más allá de nuestro tiempo de existencia? Yo creo que sí. La investigación científica de una nueva técnica de medicina o un invento que mejorará la vida en lugares remotos, puede demorar varias décadas y el producto final lo aprovecharán personas que esos investigadores probablemente no van a conocer. Muchas áreas de investigación y ardua labor requieren desapego y una convicción de hacer lo correcto.
Un fémur roto y vuelto a soldar hace 15 mil años, encontrado en un sitio arqueológico, podría ser la prueba de que nuestra forma de sobrevivir como especie ha sido en colectivo, aunque esta premisa fue supuestamente una respuesta dada por la antropóloga Margaret Mead ante la pregunta por el signo más antiguo de civilización, la naturaleza muestra que no somos la única especie con sentido de solidaridad y mutualismo, pues fósiles de huesos rotos y vueltos a soldar hay por todo el reino animal. Desmontando el mito sobre lo que dijo Darwin de la supervivencia del más fuerte, la colaboración es también una práctica de toda la biosfera terrestre, aun lo aparentemente inerte favorece una vida a punto de surgir, en la accidentada ladera de una montaña, un mineral, en lo profundo de la roca, es alimento para la llareta.
Los fósiles de diatomeas confundidos entre los granos de arena del Sahara se levantan por el cielo con las tormentas arenosas y viajan en corrientes de aire transoceánicas hasta la espesura de la región amazónica; chocan con la pared de los Andes y caen con la lluvia sobre la sierra; Unos riachuelos las llevan colina abajo, e irrigan la selva. Esas diatomeas, inertes, pero llenas de las vitaminas y minerales más esenciales, son el fertilizante de la zona más biodiversa del planeta.
Podría decirse que es la mano de Gaia alimentando su jardín, el edén que cada vez más humanos y con más fuerza nos vemos alentadxs a levantar nuestra voz en su defensa y apropiarnos de un sentido perdido con los siglos, el sentido de pertenencia a la naturaleza. Un sentido apátrida que nos lleva a identificarnos con personas al otro lado del globo, personas que tampoco se consideran nacionales, que sienten que su hogar es tan grande como alcanza la vista desde lo alto del Chomolungma, del Aconcagua, del Huascarán o desde el Mont Blanc.
Nuestro hogar no tiene puertas ni ventanas, el techo es estrellado por las noches y la brisa nos atraviesa de este a oeste, nos abrasa y nos trae un susurro; Quienes saben escuchar, saben el secreto revelado en nuestro oído de niña(o) curiosa(o).
Antes fueron otras las tecnologías insospechadas actualmente, con las que lxs Solarpunks de antaño, tal vez llamadxs alquimistas, tal vez un nombre ya olvidado, se comunicaban entre sí, de una pirámide en Egipto a una en Tenochtitlán, en tiempos aparentemente diferentes de la historia. Ahora, hemos desarrollado el código, las redes y el chip, a través de una pantalla absorbemos la información del mundo y enviamos en un mensaje empaquetado en ceros y unos para quien en su búsqueda intercepte nuestra señal.
La Web3 permite hacerlo directamente, sin intermediarios, sin almacenamiento privado de datos, con algoritmos transparentes, el código es abierto y el acceso es gratuito. Gratuito de gratuidad. De un agradecimiento que traemos en la sangre desde el tiempo en que colaborábamos para recoger las frutas en lo alto de las copas y atraparlas sin que se estropeen en la base de un Guanábano; hasta nuestros días, brindando a través de una cámara, por lograr un Grant o pasar una Prop para un proyecto innovador que podría acercar las finanzas personales a un barrio olvidado de una comuna lejana en una vasta ciudad de un país suramericano.
Cuando voy a mi pueblo natal, me levanto casi todos los días a realizar una pequeña caminata, subo la montaña más cerca, veo el amanecer y hago el saludo al sol. El sol, la estrella que reina nuestras rutinas diarias, de la cual Gaia recibe su energía. A la cual veneraban nuestros ancestros en rituales del equinoccio y del solsticio, rituales que hoy se han transformado en celebraciones un poco más banales, como la navidad, pero que conservan lo más esencial: recordarnos que somos seres colectivos, que necesitamos el amor de otrxs, a quién también queremos brindarles lo mejor de nosotrxs.
A nuestra descendencia queremos brindarles un futuro Solarpunk porque creemos fielmente que es el camino posible más prometedor para una existencia colectiva entre humanos, especies animales, vegetales y de todos los reinos. Aprovechando al mismo tiempo una tecnología pensada para el bienestar, libre de censura, hecha desde la consciencia y con el suficiente detenimiento y cavilaciones previas para evitar que su uso afecte de manera negativa cualquier tipo de forma de vida, humana o no humana.
Una tecnología reflexionada desde la autocrítica, entrelazada entre tecnologías de otras épocas, atemporal, descentralizada desde el paradigma, pragmática para lo que funcione desde lo local a lo global, permacultural.
Ese futuro es necesario imaginarlo y para eso os convoco, expandan su mente más allá de lo concebido hasta ahora y liberen las palabras que armaran la base de un sueño colectivo. Que los hijxs de nuestros hijxs despierten en una Tierra donde aún existan guayacanes, heliconias y colibríes. Donde la colaboración siga siendo la base de nuestra supervivencia.
Es este el primer bloque de un nuevo territorio, el hash que enlaza el siguiente bloque, ya lo sabes, te lo susurro el viento al oído, escribe las siguientes líneas de este código ancestral y creemos juntxs el futuro.
Créditos de la foto de Sajama: twiga269 ॐ FEMEN