Querida bebephant,
Hoy eres pequeña y no puedes salir mucho de casa. ¡Muero por presentarte el mundo entero! Un día lo explorarás por tu cuenta, pero mientras tanto, será un gusto acompañarte a descubrir las maravillas (y las tragedias) de este mundo. Tenemos que aprender de lo bueno, para inspirarnos y motivarnos, y de lo malo, para saber que todavía tenemos un gran camino por delante, un mundo que reparar y consolar. Hoy te quiero hablar de un lago muy especial, y de los seres místicos que habitan en el.
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No es secreto que entre los Místicos del Lago habitan algunos de los seres más inusuales del planeta. Llevan una vida doble, se adaptan a vivir entre el agua y el aire y sus ciclos de vida dependen de un delicado pero armonioso equilibrio entre estos dos elementos: estoy hablando de los anfibios.
Esta historia trata de un personaje pequeño y curioso: Rigoberta, la ajolote albina en el milenario lago de Xochimilco. Hace muchas generaciones, Rigoberta nació de su huevecillo para nadar como toda una linda y fuerte renacuajo. Ella veía otros tipos de renacuajo nadar cerca de ella: bebés ranas y sapos, ¡salamandras y cecilias también! Disfrutaban todos de las tranquilas corrientes que mecían el agua, jugaban a las escondidas entre las algas, se enlodaban en el fondo del lago y disfrutaban del calorcito que el sol de medio día irradiaba.
Pasó el tiempo, Rigoberta y sus amigos crecieron y para ella fue muy divertido ver como todos empezaron a cambiar drásticamente: pasaron de ser unos simples pececitos a tener unas patitas con las que podían nadar, impulsarse y empujarse unos a otros. Cada vez se parecían menos entre ellos, pero se seguían queriendo sobremanera.
Poco a poco sus amigos empezaron a explorar el mundo exterior. Sus branquias ya no les daban el oxígeno que necesitaban para respirar, y ¡empezaron a salir a la superficie y usar sus pulmones! Rigoberta notó que también tenía esos pulmoncitos, pero sus branquias seguían funcionando de maravilla. Una por una las ranitas y los sapitos se fueron brincando y saltando de piedra en piedra, jugando y riendo de sus nuevas travesuras. Las salamandras silenciosamente se arrastraron hacia nuevas aventuras, explorando con sus patitas y sus pancitas las texturas del suelo firme y seco. Rigoberta quería acompañarlos... pero cuando lo intentaba sentía que le faltaba el aire y tenía que regresar al agua a respirar. Sus patitas, antes un orgullo, se volvieron una confusión. ¿Para qué las tenía si no podía salir a explorar como sus amigos?
Otros ajolotitos estaban contentos de no tener que salir del lago, pero Rigoberta solo rememoraba los momentos que compartía con sus viejos amigos. Se imaginaba cómo era saltar y resbalarse entre las piedras y los lirios. Se preguntaba qué tan lejos llegaría la salamandra y qué encontraría en sus travesías. Empezó a sentirse cada vez más triste, menos especial... ella no tenía el super poder de explorar fuera del lago. Se esforzaba por practicar respirar, salía a coger aire y ¡pensaba que así sus pulmones crecerían! Pero por más que intentaba, no lograba más que aspirar una burbujita de aire a la vez.
Un día Carmela, la abuela ajolote, de las marroncitas y arrugaditas, se acercó a Rigoberta que estaba apartada de los demás ajolotitos pensando y suspirando. Carmela le preguntó qué le pasaba y Rigoberta le abrió su corazón: no soportaba ver los superpoderes de sus amigos y sentirse vacía. Abuela Carmela sonrió, una de esas sonrisas características de los ajolotes, tan ancha como la luna menguante. "Te voy a contar un secreto, Rigoberta" le dijo la abuela Carmela.
"Quizá te sea difícil de creer, pero en el mundo exterior hay un sinfín de otros seres que viven toda sus vidas fuera del agua. Otras que viven alto en los cielos, cerca del sol y las nubes y los árboles. Muy lejos hay seres tan enormes que no cabrían en este lago. Y también pequeñas criaturas con muchas patas que podrías sostener en tus pequeñas patitas."
"Así como las ranas, hay muchas criaturas que saltan y brincan allá afuera. Eso no los hace menos especiales y divertidos, pero la realidad es que comparten superpoderes. Las salamandras comparten sus aventuras en suelos secos con un titipuchal de otros animales del bosque, la pradera, la selva ¡y más!"
Los ojitos de Rigoberta se hacían grandes de imaginar lugares lejanos, seres que no vivían sus infancias como pececitos en el lago, que no conocen la delicia y el calorcito de su hábitat. "Pero los ajolotes, vida mía, los ajolotes tienen un superpoder que nadie, ningún animal en todo el mundo comparte: tenemos el don de la sanación."
Sanación. Esa palabra resonó en Rigoberta. Y su corazón roto, de pronto, se sentía... ¿reparado? En su pechito, junto a sus débiles pulmoncitos, creció algo que no conocía. Estaba tan distraída mirando a las ranas y salamandras partir, fijándose solo en el exterior, que no se había detenido a mirar hacia su interior. Desde ese momento empezó a sentir como una luz latía dentro de ella, y aunque no se veía por fuera, descubrió su superpoder.
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Mi querida bebephant, muchas veces nos obsesionamos por compararnos con los demás que se nos olvida explorar eso que llevamos dentro. Espero siempre recuerdes que el mundo es un lugar mejor ya que estás tu aquí. La luz de tus ojos, tu espíritu curioso, tus ganas de explorar el mundo, te dotarán de un poder sanador y, como el ajolote, podrás ayudar reparar las fallas que hay en el mundo para poder seguir disfrutando de sus maravillas. Mientras pueda estaré aquí para tí. Nunca estarás sola, pues sé que encontrarás esos aliados que compartirán tu visión y tu pasión. Sigue nadando, saltando, caminando y explorando cada día mi pequeña.
Foto de portada generada con venice.ai