Allá en las montañas encumbradas e implacables de occidente, en un bosque eternamente nublado, vivía un sabio hechicero, entrado ya en años. Vivía una vida silenciosa y apacible, comía de los frutos del bosque y tomaba de las aguas cristalinas del río que nacía a esas alturas. Frecuentemente salía de su cabaña cuando el sol todavía no alumbraba, para ir a un claro del bosque donde acostumbraba a meditar, y donde practicaba y refinaba sus hechizos virtuosos. Llevaba consigo nada más que su capa, su sombrero puntiagudo, una alforja con bayas y pan, su vara nudosa de roble y su cantimplora de cuero llena de agua cristalina y fresca del río cercano.

Este sabio vivía desde hace años en ese paraje nublado, aislado de cualquier otro contacto humano, los animales se habían vuelto sus confidentes, ya que el entendía sus lenguajes, estas conversaciones no eran como las que acostumbraba a tener con los hombres y mujeres del reino al que en su juventud sirvió fielmente; algunos animales tenían lenguajes puramente visuales, sin palabras y el mago, entendido en las artes arcanas contaba con el conocimiento necesario para entenderlos, y a ellos contó su historia.

El hechicero, desde su juventud tuvo interés por las artes antiguas de la magia, y dispuso sus fuerzas para entenderlas y ahondar en los profundos misterios del universo. Hijo de padres campesinos, por su destreza en la magia fue que llegó a servir en la corte del Rey, y decían por los pasillos del palacio real que este mago era descendiente del legendario Merlín, pues tal era su pericia en la sabiduría de tiempos olvidados.

Los animales del bosque que acostumbraban a visitarlo por las tardes supieron el por qué este sabio hechicero ahora los acompañaba. Él era uno de los principales consejeros y sanadores del Rey, y vestía la capa blanca reservada al Primer Hechicero del Reino y por muchos años sirvió fielmente, hasta que en un verano llegó un mago forastero de Oriente, vestido de una capa larga y sombrero negro.

Este hechicero extraño endulzó el oído del Rey con multitud de milagros y palabras engañosas, había una conspiración, esto era evidente, pero el mago blanco parecía ser la única razón en un mar de ilusiones. El hechicero, así como sabio era orgulloso en su juventud y no podía tolerar que su consejo comedido y acertado fuera puesto como poca cosa por una corte del Rey que cada día se le hacía más hostil, en favor del hechicero negro de oriente.

Fue así como un invierno, decidió dejar a su suerte al Reino y emprendió la subida a la montañas nevadas, convirtiéndose en un ermitaño, una decisión que ahora muchos años después lamentaba profundamente, pero no era cosa fácil simplemente regresar al Reino que lo vio crecer, los gorriones del bosque y el majestuoso halcón le traían noticias de tanto en tanto de la debacle que había causado el hechicero negro, quien ahora fungía como la mano derecha del Rey. Bajo sus ilusiones había arrastrado al Reino a la sumisión total a sus enemigos de Oriente, pero esto fue progresivo, y los habitantes del Reino ni siquiera reparaban en como con el paso del tiempo los orientales iban apropiándose de más y más tierras sin siquiera derramar una gota de sangre.

Una madrugada el hechicero blanco se despertó perturbado por estos pensamientos del Reino siendo despojado de su gloria y su población esclavizada sin que ni siquiera uno de ellos lo supiera, emprendió entonces su acostumbra ida a su santuario de meditación, más al salir de su cabaña y sentir el aire helado de la madrugada, entre el aroma a musgo y pinos, sintió una nota de sangre fresca que venía del camino hacia el claro. Intrigado por esto, murmuró unas palabras y la punta de su bordón nudosa al instante se encendió como una antorcha e iluminó el camino, decidido, el mago caminó por la senda usual hasta llegar al claro, donde el olor a sangre se tornó nauseabundo, el canto de los pájaros parecía haber cesado y había un pesado aire de peligro en la atmósfera.

Y de pronto el sabio hechicero blanco vio frente al a un gran lobo negro, grotesco y con la boca empapada en sangre. Este lobo se había abierto paso hasta el claro despedazando cuanto animal se cruzaba en su camino. El sabio lamentó la muerte de estas criaturas, muchas de las cuales conocía, y conoció que este lobo sanguinario no era otro más que el hechicero oriental que había traído la esclavitud silenciosamente al reino de Occidente. El sabio mago blanco tenía una teoría: quién visitaba este claro sin saber el lenguaje de los animales se convertía en uno que reflejaba la naturaleza de su alma mientras estuvieran allí, así pudo comprender que este lobo era aquel ilusionista que había engañado al Rey y a toda su corte, exceptuándolo a él...

De pronto pudo comprender los rugidos que emitía este lobo, el hechicero negro había venido a eliminarlo, a él, la única esperanza del Reino, el último verdadero y fiel siervo, era demasiado poderoso para dejarlo vivir ahora que la influencia de Oriente estaba tan arraigada en el Reino. Los magos se dispusieron para batirse en duelo, el sabio blanco azotó su bordón contra el suelo y salieron chispas y fuego de sus manos, debía conservar la ventaja, ya que el mago negro, a pesar de no poder articular conjuros por su transformación, todavía era un enemigo formidable.

El gran lobo se abalanzó dispuesto a buscar la garganta del mago blanco, quiso dar un golpe certero para acabar con su vida. Fue recibido por algo que sintió como brasas ardientes en su vientre, el mago blanco, más sabio y con maestría total de sus conjuros, había logrado esquivar este ataque y logró herirle en el vientre bajo. El mago negro huyó cobardemente.

El sabio mago blanco se sentó junto a un arroyo y meditó sobre lo ocurrido. Endechó profundamente la muerte de los animales que le habían hecho compañía durante estos años, pero en su corazón nacía un ardiente deseo de vengarlos. Decidido, se puso de pie y con una palabra ordenó a su bordón volver a su mano, salió del claro y se dispuso a bajar por primera vez desde hace mucho de la montaña donde se había recluido. Ahora él era la última conciencia libre en el Reino, descendió con deseos de vengarse, pero junto a ese ardor inicial nació en su mente, reposada de todos sus años de meditación, la compasión por las gentes esclavizadas sin que ellas lo supieran, el mago blanco, había vencido su orgullo, y humilde y decidido, llegó a las puertas de la ciudad capital del Reino. La tarea que tenía a continuación sería dura, y la labor sería ardua y probablemente sin recompensa, pero esta compasión por los habitantes le hizo comprender, que lo más noble que podía hacer es ayudarlos a liberarse del yugo invisible que los había sometido.