Cuando era niño, en la cabecera de la mesa del comedor, siempre estaba él. Alto, solemne, con su sonrisa pícara que aparecía en los momentos precisos.
A su alrededor, la casa era un vaivén de sonidos. Niños corriendo, los adultos en conversaciones que se cruzaban y confundían, conversaciones profundas y risas estruendosas. Sin embargo, todo parecía en control. No porque él impusiera silencio, sino porque su sola presencia equilibraba el ambiente y su mirada parecía pausar cada momento.
Era una sensación tibia, como el abrazo de alguien que consuela. Un tono tenue y acogedor como el sol antes de desaparecer.
Nunca entendí cómo lo hacía.
No daba órdenes, no levantaba la voz. Solo estaba. Como un árbol en medio del bosque, inmóvil, testigo de todo, con raíces profundas que sostenían la tierra sin que nadie lo notara.
La casa tenía un ritmo propio, como si sus paredes respiraran con él.
Siempre en silencio, hasta que los corazones impetuosos olvidaban el respeto. ¿Pensarían que alzaba la voz? No recuerdo que fuera necesario, en cuanto sus ojos de abuelo protector comenzaban a cambiar al rigor de una mirada severa, el tiempo se detenía, el aire parecía faltar y sentíamos cómo ese tono tenue y cálido que envolvía todo volvía lentamente hacia él, inevitablemente todos entendíamos que algo no estaba bien.
Su mirada bastaba. No hacía falta más.
El día que cerró los ojos por última vez, la calidez no regresó.
Antes, su presencia llenaba los rincones. Ahora, esos rincones están desnudos.
Los días se alargaron. Las conversaciones se volvieron torpes. Como si todos hubiéramos olvidado un compás que antes seguíamos sin esfuerzo.
Durante mucho tiempo creí que su ausencia había dejado un vacío imposible de llenar. Que sin él, el mundo se había quedado suspendido en un calor seco, inmóvil.
Lo busqué.
Intenté encontrar su secreto en la filosofía, en la meditación, en el arte de la quietud. Quise aprender a transmitir esa sensación, envolver lo cercano con la paz que él irradiaba sin esfuerzo.
Pero un día, sin darme cuenta, lo comprendí.
No estaba en los libros.
Siempre había estado dentro.
Lo encontré en mirar siempre con compasión y ternura, buscando razones para amar, admirando todo lo que me rodea como lo haría un árbol inmóvil.
En lugar de responder con palabras, permanecer en silencio, enraizado en uno mismo.
Que mis raíces den un piso estable a los que me rodean. Que sepan que estoy aquí, disfrutando de quienes son y de lo que aman ser.
Y así, en una tarde cualquiera, sentí el viento de nuevo.
No se había ido.
Solo había encontrado otro lugar donde descansar.