Desde que salí de casa no siento que sea real, no hay sustancia en mí. Me encuentro en un reloj de arena, los clastos inundan el cristal hasta que ya no puedo respirar. Tengo una maldición regalada por Cronos, experimentar el paso del tiempo, y con él, cómo se deteriora mi cuerpo. Durante las horas del trabajo mi esencia es aplastada al punto de desaparecer. Un futuro incierto e impersonal me persigue y un alud de soledad se forma a mis espaldas. Así es desde que me falta ella.

Ya no sé si yo persigo al recuerdo o yo soy el perseguido. En aeropuertos, bares, museos y paradas de autobús puedo aún escuchar esa melodiosa risa que mejoraba mis días en un chasquido. Su silueta fantasma se pasea por ahí, pero la imagen nunca se presenta claramente. A lo lejos puedo observar la misma pickup del tiempo cuando era más feliz, cuando había pasión en mí. Y pude verla, sentirla.

Fue un encuentro casual típico de películas románticas en una cafetería. Me acerqué y conectamos. Un comienzo fugaz e intenso. No teníamos nada que perder y todo lo que podíamos ganar se materializaba frente a nosotros. Ahora que todo terminó, frente a mí está el mismo modelo de camioneta en el que paseábamos y recorríamos la ciudad, lo único que cambiaba era el color y la mía estaba un poco más destartalada.

Decidí seguir el rastro del recuerdo y al acercarme un poco hacia la camioneta mi entorno cambió. Estaba con ella de nuevo. Los cristales se nublaron por el vaho de su cuerpo. Un estremecimiento tal que mis órganos cambiaron de lugar, mis huesos se transformaron y cualquier atisbo sobre lo que era la intimidad abandonó mi mente. Ahora era nuestro lugar favorito donde nuestras almas conversaban desnudas y podíamos percibir el hilo rojo que nos había unido mucho antes de que el mar arropara monstruos o la calma fuera violada por el ruido de la ciudad. Ella, ella, ella, yo, yo, yo, nosotros, yo y ella, ella y yo. Uno somos.

¿Va a seguir leyendo en lugar de trabajar? Una pregunta que siento como balde de agua fría. No, perdón, respondo. Si no terminas rápido te vas a quedar para compensar el tiempo perdido, no es biblioteca para que te la pases leyendo, dice el jefe mientras va de regreso a su oficina. Hay días, como hoy, en que está de mal humor. No supe cuánto tiempo había estado inmersa en este libro, yo no estaba aquí. Los mundos escondidos entre renglones y párrafos son lo mejor de la vida.

Cerré las páginas y ahora a continuar con mis tareas. En esta oficina hay muchos cubículos a mi alrededor. Cada uno con una persona y personalizados con fotos, tazas y uno que otro juguete, pero una vibra similar. Un aura gris. Hay veces que siento que el trabajo está acompañado por una soledad que hace pesada a la realidad, por eso la gente debería de explorar historias. No se puede pasar todos los días viviendo bajo esa aura tan homogénea y común, por lo menos yo no puedo. Tal vez de esta forma la gente sería más amable, menos gruñona.

Desde la entrevista para el puesto recuerdo que al jefe se le notaba la tristeza a la distancia y eso nunca ha cambiado. Tanto que interrumpía las pequeñas charlas en los pasillos entre compañeros con el simple hecho de caminar cerca de ellos. Quién sabe qué le haya pasado verdad de Dios, pero dejando eso de lado, las operaciones y labores son relajadas si te enfocas en lo que tienes que hacer. Después de que me dieron el trabajo los incontables tecleos y clicks de los ratones de computadora son la canción en mis días. Trabajo para un banco aprobando créditos. Son documentos llenos de números, uno tras otro tras otro, pero mi obsesión por las historias, imaginarlas e inventarlas me ayudaron a disfrutar todo lo que hago.

Esa obsesión me llevó a pensar en la cara de los clientes en las hojas de cálculo. Cuáles serían sus facciones, qué tan altos son, cuál es su comida favorita, tendrán gatos o perros. Como cajera de supermercado que atiende frente a frente a innumerables personas puedo ver cómo algunos sonríen, otros más serios ni me dirigen la mirada. Solteros, casados, novios, viejos o retirados. Cuántos mundos diferentes detrás de esos ojos de extraños, cuántas historias. Pienso que me encantaría conocerlas todas. Hacerlas mías. Cada quien tiene experiencias y siempre son diferentes.

Recuerdo que cuando era más joven anhelaba experimentar un amor de telenovela, lleno de pasión. En lugar de esperar que el destino me lo concediera, le arrebaté ese deseo de sus manos. Tres años pasé detrás de él como una sombra. La flecha de cupido se clavó en mí desde el primer año de preparatoria hasta el último. Él era un sueño. Era el chico que siempre tenía buenas calificaciones, amigable, popular, bueno en los deportes, con ojazos claros y sinceros que podían desnudar tu alma. Claro que alguien como él tenía novia, de ahí mi decisión de ser un fantasma.

Justo a mitad de año, miércoles julio 2 a las 12:23 del día, el maestro nos juntó en parejas, debíamos preparar exposiciones para la próxima semana. Un suceso tan increíble e irreal que paralizó mi mente. Nos vemos en mi casa mañana, procuramos hacer todo rápido porque tengo que ir al gym, dijo. Asentí con cara de mensa esperando que no notara cómo se movía mi cuerpo nervioso por las mariposas que volaban y exploraban la punta de mis dedos.

Nunca habíamos intercambiado más allá de un hola y adiós, o un cómoestásbiengracias, pero ahora estaría en su casa. Vivía en el centro de la ciudad. Primero un camión y luego puro metro, vamos a llegar rápido, me dijo a la salida de la prepa. Yo estaba temblando y mi corazón iba a estallar en cualquier momento. La mejor tarea del mundo, sin embargo, lo veía triste desde que salimos de la escuela. Durante el trayecto del camión apenas hablamos. En el metro se notaba un poco tenso.

Llegamos en media hora. No había nadie. Aún cuando cerró la puerta algunos coches y sonidos del mercado de la esquina llegaban a oírse, pero era más como una banda sonora que algo molesto. Sus papás trabajaban hasta la noche, teníamos toda la tarde sin interrupciones. Todavía se notaba su mirada un poco perdida. Los comentarios sobre el trabajo seguido de silencios incómodos me recordaban que solamente estábamos ahí por la escuela. Por mucho que estuviera enamorada tenía muy en cuenta que realmente apenas y nos conocíamos.

Tal vez yo sabía más de él que él de mí. Decidí ser valiente. ¿Qué pasa?, le pregunté. Sus ojos gritaban desesperación. Mi novia no me contesta y estoy preocupado de saber qué va a hacer. Un martillo hizo añicos mi corazón cual espejo por ese comentario. Una vez más la realidad me recordaba que no estaba soltero. Obviamente no me sentía con propiedad sobre él, pero aún así dolió. De todos modos, sentía unas ganas inhumanas de abrazarlo.

Mi corazón se hacía chiquito con la forma en cómo su mirada se perdía en el suelo. Como si buscara algo. Tal vez no tiene pila o crédito para un mensaje, a mí me pasa seguido y si mis papás no saben dónde estoy se vuelven locos, le contesté. Perdóname, no debería de estar así de incómodo es que de verdad estoy muy nervioso, creo que estoy enojado conmigo mismo, o será miedo, no sé la verdad qué tengo, respondió con tristeza.

La voz se le cortaba y lágrimas se formaban en sus ojos. Es como si mi vista se nublara y tuviera que caminar a lo largo de una ciudad vacía donde poco a poco voy quedando ciego, dijo con el tono más desolador que jamás haya escuchado. Me acerqué y lo besé. Sucumbí ante el impulso, casi que odié esa tristeza y mi intención era arrebatarla, quemarla y enterrarla. Fue un beso un tanto corto, pero dulce. Tierno. Nos separamos y ahora la sorpresa invadió su rostro. Tres segundos pasaron. Me di cuenta de lo que hice. Cerró los ojos, se acercó y pude sentir sus manos acariciando las mías. Otro beso, más largo y flotamos. Ya no estábamos en un lugar, ni espacio.

Mi alma gemela, estaba convencida de que la había encontrado. Nuestra ropa estaba en el suelo. Sus manos ahora acariciaban y sentían cada borde de mi cuerpo. Humedad en las sábanas comenzaba a acumularse. La suavidad, el calor de su cuerpo encima del mío. La pasión se apoderó completamente de nosotros. Me entregué a él. A pesar de jamás haber hecho esto, fue como un baile del que ya conocíamos la coreografía. Sentirlo dentro de mí, los gemidos, respiración acelerada eran parte de una canción que jamás quería que terminara. Volaba por el cielo y llegué al espacio, acaricié y sentí el brillo de la luna. El momento más mágico de mi vida.

Los dos tendidos boca arriba bajo las cobijas. Estaría pensando en lo bello que fue. Nuestra vida ahora está más que entrelazada. Giré mi cara para encontrar sus ojos, pero un vacío se había apoderado de nuevo de él. Creo que deberías irte, pronunció esas palabras con un tono monótono, como puño en la cara. Me dolió el estómago al escuchar eso. Te hablo después, le dije. Simplemente asintió con una media sonrisa. A pesar de la sensación agridulce al vestirme, cuando salí de su casa, podía flotar. La ciudad seguía gritando, pero yo tenía oídos sordos. Él era mi sueño.

Al día siguiente en la escuela estaba esperando verlo y acercarme para platicar, aunque sea un poco. Antes ni siquiera hubiera considerado esto, sin embargo, la timidez desapareció completamente. La destruí y nunca más le daría poder. Pero él no llegó. Ni al día después de ese, pasó una semana y las demás personas de la escuela comenzaron a hablar. No te creo que haya sido tan descuidado. Pero qué idiota. Y yo que pensaba que era inteligente. Esas eran las frases más comunes cuando se referían a él. Antes eran halagos y admiración, ahora solamente juicio.

Uno de sus supuestos amigos se encargó de contar al resto de la escuela que había embarazado a su novia. Sus papás lo habían sacado de la escuela. Me alegra que nadie haya recordado que yo fui la última persona que lo vio antes de que desapareciera, así no alimentaba a los chismosos.

Escuchar su nombre durante esos días no me gustaba. Me faltaba el aire cada vez que veía su silla vacía. No podía quedarme con la duda, quería respirar. Tenía que comprobar qué había pasado. Me aventuré a buscarlo a su casa. Saber si estaba bien o, por lo menos, menos triste, era mi misión.

Cuando llegué había camiones de mudanza llenos de muebles envueltos en plástico y cajas sobre cajas. A la distancia podía ver que sus padres tenían una discusión acalorada con otra pareja. Luego la vi a ella, su novia, tenía que ser. Ojos azules como el cielo, en ellos se avecinaba una tormenta. Con la cabeza sobre la ventana del auto esperaba y miraba hacia la distancia como si buscara un ángel.

Quería comprobar lo que se decía en la escuela de él y no fue necesario acercarse más porque la discusión se transformó en gritos. VAYAN Y CHINGUENASUREPUTISIMAMADRE. Cómo que se mudan y me dejan a mi niña con chamaco. Ni me insultes que sé bien que ese niño no puede ser de mi hijo, seguramente anda de ofrecida. No le faltes el respeto, picheviejahijadeperra. Nunca estuve de acuerdo con esta relación desde el inicio y ahora mira, le joden la vida a mi hija y estos se largan. Ya entiende que ni es de él, vayan mejor a buscar al verdadero padre por ahí, pregúntenle cuántas veces ha abierto las piernas en los últimos días.

Los gritos ahora son golpes, jalones y rasgaduras de ropa. Los cargadores de la mudanza los separaron. LE VOY A MARCAR A LA PATRULLA, gritaba la madre de ella. Háblale a quién quieras, le contestaron para después meterse a su casa. Pasaron unos cuantos segundos y él salió disparado de la puerta de su casa. Ella lo vio y abrió la puerta del coche para correr a sus brazos. Los dos comenzaron a llorar y antes de que se pudieran dar un beso los papás de él corrieron a separarlo. QUÉCHINGADOSHACESPENDEJO, vuélvete a meter, órale, y ustedes lárguense o voy por mi pistola, cabrones, dijo su padre. Su papá alcanzó a verme, el corazón se me paró y mis pies me decían que diera la vuelta. ¿QUÉCHINGADOSMIRAS?, me gritó, se dio la vuelta y cerró la puerta de su casa. Me puse nerviosa y comencé a temblar. Sentí otra mirada. Ella y su vista azul como el mar desde el auto, observándome, pero de inmediato alejó la mirada. Y en ese momento caí en cuenta ¿Y qué si yo también estoy embarazada?

¿Le tenía que decir a él? Obvio, pero si sus papás negaron a la que se suponía era su novia desde hace meses, conmigo ni siquiera iban a dirigir la mirada. Ni a mis papás, nunca había tenido novio, ni algo parecido. No les podía hacer eso. Estaba sola en esto. Corrí a comprar una prueba de embarazo. El mundo se me venía encima mientras estaba en el baño. El tiempo se detuvo al punto que sentía crecer mi cabello, crecer mis uñas, los huesos se volvían frágiles como cristal. Mi cuerpo no se sentía mío. Sesenta segundos, mi futuro se definiría. Un hijo como regalo de graduación de la preparatoria. Nadie te prepara para esa incertidumbre. Decidí cerrar los ojos. Quería que el mundo se detuviera. ¿Por qué no se detiene? Esto se supone que es el resultado de un amor de película, de una relación que sin decir nada ya sabes qué piensa la otra persona, un amor que te hace sentir fuerte y débil al mismo tiempo. Entendí que era más una obsesión que cariño o amor. Resultado positivo.

La vista se me nubló. Me paré. No supe en qué momento llegué a mi cama. Quiero dormir y no despertar. Sueño con él, el movimiento, la pasión. Volteo a ver su rostro, pero no existe. No tiene cejas, ni nariz, como si hubieran lijado su cara. Un hombre sin rostro dentro de mí, ni siquiera es el mismo olor, no lo reconozco. No me puedo mover, trato de gritar, pero es inútil a pesar de que me quedo sin aire. Se acerca para besarme y en el momento que está a centímetros de mi cara despierto de golpe.

No fui a la escuela. Salía a la misma hora de mi casa, pero recorría la ciudad. Le pagué a una chica para que hiciera mis tareas, mientras eso estuviera bien, no tendría problemas. Tampoco lo busqué, sentía demasiada vergüenza y ya debería estar a kilómetros de mí. En todos lados me parecía escuchar su voz. Caminaba y caminaba. Ahora más que nunca escuchaba el ruido de la ciudad. Los niños llorando me provocaba un rechazo inimaginable, un enojo tan intenso que explotaba y quería correr. Quería matar a todo perro que ladraba y ahogar a las parejas que veía felices. Pero en realidad estaba más molesta conmigo misma, fui estúpida, estaba decepcionada. Después de recorrer muchas calles, avenidas y plazas la desesperación solamente crecía.

Me harté y me obligué a pensar. Como no podía acudir a nadie me puse a investigar como loca. Estaba tan paranoica que usé el navegador en modo incógnito en cafés internets y me puse a crear cuentas con otros nombres en todos los foros que te puedas imaginar sobre reproducción, aborto, provida, en todos. Leí y leí y leí hasta el cansancio. En varias páginas y conversaciones en comentarios decían que tal vez la primera prueba fuera un error. Se leía, se recomienda realizar la prueba de embarazo como mínimo 15 días después de la relación sexual para evitar falsos positivos. Ya habían pasado dos semanas desde mi encuentro con él. Compré otra prueba.

Otros sesenta segundos largos en el baño de una cafetería que encontré por ahí. Dependiendo de esto decidiría qué hacer. Será que todo esto fue un muy mal susto. Con todo y el mal augurio, por unos segundos se me pasó por la cabeza un futuro a su lado. Esa atracción por él, que hace unos días había olvidado, volvía a estar en mi cabeza. Ya no podía controlar mis pensamientos. Era un mar salvaje, un laberinto y estaba perdida. No quería un niño, pero seguía imaginando fiestas y navidades en casa de sus padres. Fuimos irresponsables, no merecía nada después de este descuido, me gané a pulso estar a la deriva del mundo. Cómo iba a sacar adelante al bebé. Pero antes de que mi cabeza siguiera con planes y más escenarios ficticios el tiempo se terminó. Resultado negativo. Regresé de esa fantasía, el laberinto desapareció y el mar se calmó.

El chisme y los rumores viajan a la misma velocidad de la luz y se expanden como una pandemia. Escuché que los padres de ella, después de muchas amenazas, usaron un dinero pactado por las dos familias para abortar. Ella también se fue a vivir lejos de la ciudad. Obviamente tardé años en superar lo que había vivido, tal vez fue porque me lo guardé para mí. Daba y daba vueltas lo que había sentido y sucedido.

A veces extrañaba esa sensación de su piel contra la mía. El primer beso que nos dimos y el calor que sentí cuando nuestros labios se fusionaron. A raíz de esto, persiguiendo ese sentimiento de adrenalina, comencé a devorar libros, novelas de todo tipo y libros de poesía. En cada poema, canción e historia me veía reflejada. A través de la literatura entendí que todo lo que viví fue resultado de ser joven, esa sensación de querer devorar el mundo y ser irresponsable. Una obsesión de tener un amor de película e idealizar a las personas.

A cada rato recordaba todos esos días. En la noche antes de dormir, mientras me bañaba, mientras corría o cuando una serie estaba aburrida prefería estar inmersa en mi cabeza, recordando. Y con el paso del tiempo esa historia quedaba cada vez más en la lejanía. Conseguí este trabajo en el banco, terminé mi maestría en finanzas y al poco encontré a mi novio. Rentamos un departamento chiquito, pero que se siente como un hogar. Y finalmente llegó el día. Al entrar a mi casa y dejar las llaves veo la foto de mis últimas vacaciones, aquel escenario que era mi sueño, las vacaciones familiares, los cumpleaños y años nuevos ya no eran fantasía, por fin lo había cumplido, pero no con mi crush de la preparatoria, con mi verdadero complemento.

Una vez más revisitando todo, pero soy interrumpida. Vamos a comer, me dicen unos compañeros. No, vayan ustedes, no se preocupen, gracias, provecho, les respondí. Después de avanzar un poco más con los documentos para no quedarme tarde, decidí ahora sí tomar mi descanso. Vislumbré a mi jefe abriendo su topper solo en su oficina y con cara de pocos amigos, por eso siempre le sonrío. Me devuelve el saludo con un gesto rápido de cabeza. Quién sabe qué le habrá pasado. Caminé hasta una cafetería cerca de mi oficina y pedí un latte. Mi celular comienza a vibrar. Hola, amor. Sí, estoy en mi descanso, el día ha estado tranquilo, yo creo que sí puedo salir temprano. Sale, sí, ahí está rica la lasaña. Va, te amo. Colgué y mientras caminaba para volver a la oficina lo vi del otro lado de la calle.

Después de todos estos años sus ojos tranquilos habían recuperado el brillo. Sintió una mirada, tal vez el residuo de la vorágine de esa tarde que vivimos siendo tan jóvenes le provocó voltear. Entrecerró sus ojos intentando hacer zoom. Mirada extrañada que desapareció cuando le saludé agitando mis dedos. Devolvió lento el saludo. Me recordaba. Antes me hubiera acercado, la verdad es que ahora no necesito hacerlo. Salí de la cafetería y me dirigí a mi edificio. Volteé a buscarlo una última vez y lo pude vislumbrar un poco antes de que más personas invadieran mi campo de visión. Cada quien se adentró en el ruido y soledad de la ciudad. Me alegra entender que él ya no era sinónimo de amor. Nuestra historia me hizo crecer.

El mundo no te ha hecho de átomos, te ha hecho de historias, eso es lo que nos permite convertir el pasado en presente, los sueños en realidad. Así se madura. Ahora, cada vez que lo recuerdo tengo una pregunta y un deseo en mi corazón. Deseo que también haya aprendido a tener un hogar entre tanto ruido y mi duda ¿Cómo terminará su historia?