Hace unos cuantos años, yo estaba tranquilamente caminando por la plaza del pueblo, porque ese era mi pasatiempo favorito. Cuando salí de comerme un helado en mi heladería favorita, decidí que quería explorar más, ya que nunca había caminado por la izquierda (mi lado favorito era la derecha, porque ahí estaban las mejores tiendas de la plaza). Caminé y caminé, intentando encontrar algo interesante, pero solo se veían tiendas lúgubres, la mayoría cerradas; y los demás, habitadas por borrachos y fumadores. Me sentí como una intrusa en aquella parte de la plaza, y pronto comprendí el por qué nunca nadie iba a esa parte de la plaza. Todo era muy escalofriante, hasta que llegué a la esquina del lugar, y me topé con una tiendita bastante particular y simpática: era pequeña, pero se veía acogedora; estaba llena de candelabros por todos lados, y habían cositas curiosas por todas partes, cómo muñecas y teteras; en la parte de arriba de la tienda, un cartel nos enseñaba el nombre de esta, el cual es “Tienda de Antigüedades Jiménez”. Me llamó la atención tal tiendita, así que decidí entrar. Cuando abrí la puerta, noté que la campana no sonaba como todas, sino que tenía una melodía suave y tierna. Cerré la puerta y vi algo que me llamó mucho la atención: había toda clase de objetos antiguos en ese lugar, cómo juguetes, juegos de té, DVD's viejos, y muchas cosas más. Estaba tan maravillada que cuando llegué al mostrador, me sobresalté al escuchar la voz de una mujer, una voz melodiosa, igual que la campana, dulce y amigable. La señora que me hablaba resultó ser una anciana, pero no era tan mayor.

  • - ¿En qué puedo ayudar, mi niña?- preguntó amablemente la señora.
  • - Eh, bueno, estaba viendo, pero seguro que encuentro algo que valga la pena comprar; aquí todo es maravilloso.- respondí, intentando mantener un tono suficientemente cortes.

Empecé a pasearme por la tienda, y con cada paso que daba, encontraba cosas cada vez más maravillosas: Una muñeca con cabellos que decían ser de caballos blancos reales, ojos lilas que prometían ser de amatistas reales, y un vestido de encaje que explicaba ser. . . hecho de la seda más fina, todo esto por el precio de $650.000 pesos colombianos; y un juego de té de porcelana con cisnes y flamencos dibujados, pero con el detalle de tener las cenizas de su antigua dueña, la cuál era la reina de un reino muy lejano, a un precio de $345.000

  • - Mi niña, creo que deberías saber que está tienda está llena de cosas muy valiosas y costosas, entonces no me sorprendería el hecho de que te vayas con las manos vacías- dijo derrepente la anciana que atendió la tienda-. Pero me gustaría que te tomes un té conmigo, para poder contarte una historia.
  • - ¿Qué? Ah, si claro; sería un placer, señora…- entonces recordé que no conocía el nombre de la señora.
  • - Libia, me llamo Libia.- contesto la anciana, respondiendo mi duda.
  • - Ah, está bien. Sería un placer, Señora Libia.- le contesté.
  • - Bueno, mi niña, esta tienda lleva existiendo desde la época de mi tatarabuela Delfina; y cuando yo muera, será propiedad de mis hijas: Katering y Keivy.- Me contó la Señora Libia.- Bueno, ya que sabes todo esto, puedo contarte la historia:

Hace muchos años, mi tatarabuela huía de las manos de los guerreros de Konzaketal, un pequeño país de fantasía que actualmente no existe. Ellos tuvieron una discusión con el país de ella, llamado Murstawel, que tampoco existe en la actualidad (¿Los países desaparecen muy rápido, no? Antes habían tantos lugares hermosos…). Los guerreros Konzaketalences intentaban destrozar a todo aquel que vivía en Murstawel, así que mi tatarabuela estaba en un gran peligro. Los del país enemigo tenían armas con las que los Murstawelses solo podían soñar, pues su tecnología era mucho más avanzada que la de los del país de mi tatarabuela. Todo era muy peligroso en Murstawel, pues los Konzaketalences eran muy peligrosos. Cuando todo parecía estar perdido, mi tatarabuela decidió junto con su esposo abandonar el país. Alquilaron un pequeño bote y se pusieron a remar. Quería estar lo más lejos posible de los Konzaketalences, así que decidió venir hasta aquí, a Colombia. Cuando llegaron, mis tatarabuelos tuvieron que alquilar un cuarto en una casa de reposo, la más barata que consiguieron. Él fue a conseguir trabajo, pero no tuvo éxito, así que ella decidió intentar hacer algo. Por supuesto, estaba consciente de que las mujeres no podían trabajar, pero aún así lo intentaba. Buscó y buscó hasta que consiguió este local de aquí. Lo alquiló un nombre de mi tatarabuelo, para que no sospecharan que fuera de ella. Al poco tiempo, decidió poner una tienda, que en ese momento era de artículos que se usaban mucho, pero con el apellido “Jiménez” en el nombre, porque era de lo que ella estaba más orgullosa. Al principio, todos creían que ella estaba loca, y nadie quería comprar aquí porque la que atendía era una mujer. En algunas ocasiones, los policías llegaban a formar escándalo por el simple hecho de que ella estaba ahí parada, pero se salvó de puro milagro. Después, al parecer aceptaron el hecho de que mi tatarabuela no estaba loca, y entraron a la tienda. Ella los hipnotizaba con unas historias maravillosas de lo que ocurría entre Konzaketal y Murstawel, y digo maravillosas porque claramente nadie las creía: nadie conocía la existencia de esos lugares. Después de un tiempo, el lugar fue tan famoso, que la mayoría de las tiendas de esta plaza tuvieron que cerrar. El simple hecho de que la tierna fuera mujer y que sus historias (según ellos, fantásticas), fue tan espectacular. Mis tatarabuelos fueron exitosos, y pronto ellos ya no tendrían problemas con la economía, y tampoco se tendrían que preocupar más por los Konzaketalences. Después de unos años, nació mi bisabuela, a la que llamaron Lupe, el cual fue el nombre de su primera cliente. Bueno, querida, ya te conté una historia fantástica, y le estoy haciendo honor al nombre de mi tatarabuela Delfina. Comprenderé si no quieres llevarte nada, pero sería maravilloso si lo hicieras.

  • - Oh, claro que le compraré algo- contesté algo abrumada por tener que responder; esta historia fue demasiado buena-. Hummm… ¿No tendrás usted algún juego de té un poco más económico?
  • - Claro que sí. Ven, te enseño estas opciones.- me contestó la señora Libia.

Fue una experiencia maravillosa. Definitivamente, en algún momento tendré que volver a entrar a la Tienda de Antigüedades Jiménez, aunque solo sea para escuchar más historias completamente increíbles.

• Juanita Avendaño Torres