Género: ciencia ficción

Parpadeó varias veces, sintiendo una puntada de dolor en la nuca. Se incorporó, llevándose una mano hacia la zona del dolor, sin notar nada fuera de lo común. Miró hacia todos lados, pero el lugar estaba tan oscuro que apenas podía distinguir su propio cuerpo.

Estaba sentada en un suelo frío, que parecía de metal al tacto. Se pasó las manos por el cuerpo, para comprobar que estuviera sana y lanzó un suspiro de alivio al sentir que no tenía nada roto.

Una luz fluorescente se encendió con un chasquido, sobresaltándola. La siguieron varias más, que iluminaron poco a poco la habitación. Se puso de pie y descubrió que se encontraba en una especie de plataforma elevada, con barandas. El piso de abajo estaba repleto de vitrinas, como si se tratara de un museo. El lugar en sí parecía ser una fábrica, de paredes de ladrillos grises y techo metálico. La plataforma en la que se encontraba era, como había supuesto, también metálica.

Miró a todos lados y encontró una escalera que descendía, por lo que se dirigió a ella y comenzó a caminar entre las vitrinas. Lo que tenían dentro eran seres extraños que jamás había visto. Parecían salidos de una pesadilla o de una película de ciencia ficción. La mayoría eran enormes, dos o tres veces la altura de un humano promedio. Algunos tenían pieles escamosas y otros estaban cubiertos de pelo. Varios parecían tener armaduras y algunos poseían tentáculos en vez de brazos y piernas.

Uno en particular llamó su atención. Se trataba de un humanoide de extremidades alargadas, cubierto de escamas moradas, con garras curvadas tanto en manos como pies. Tenía una armadura plateada que le cubría todo el tronco, los antebrazos y las piernas hasta la altura de las rodillas. Su rostro era alargado, con un hocico similar al de un cocodrilo. Su boca estaba cerrada, por lo que no podía ver si poseía dientes o no. Sus ojos también estaban cerrados, pero no se encontraban a los costados del rostro como en todos los reptiles, sino en el frente como en la mayoría de los mamíferos. La parte de atrás de la cabeza también era alargada, pero hacia abajo, y terminaba por esconderse bajo la armadura.

Algo la llamaba hacia aquel monstruo, algo que no sabía explicar. Instinto, fascinación, no lo sabía. Se acercó aún más y estiró su brazo izquierdo, notando por primera vez que tenía un número en el dorso de su mano. Lo miró un momento, confundida: 019. No sabía qué significaba, pero su atención no se mantuvo por mucho tiempo en dicho número. Volvió a mirar a la criatura y esta vez, tocó el vidrio de la vitrina que los separaba.

El dolor punzante en la nuca volvió a invadirla y antes de que pudiera siquiera lanzar un quejido, todo volvió a ponerse negro.

—Cero-diecinueve. Cero-diecinueve. Despierta.

La voz resonó en sus oídos, haciendo que abriera los ojos. Parpadeó varias veces y arrugó los ojos al instante por la intensa luz que la invadía. Ya no se encontraba en el lugar con las vitrinas, sino que estaba en medio de un campo. El césped estaba bien cortado y verde, una hilera de árboles formaba un círculo alrededor, demarcándolo, y el cielo estaba despejado. Miró hacia los costados, descubriendo que su cabeza se sentía diferente. Se llevó las manos a las cienes y solo entonces notó que todo su cuerpo había cambiado.

Lanzó un grito, que salió en forma de alarido. Su piel estaba ahora cubierta de escamas moradas, sus uñas se habían convertido en garras curvadas. En lugar de la ropa que había tenido puesta, tenía una armadura. Ya no era ella, ya no era humana: ahora era aquel monstruo que había visto en la vitrina.

Lo único que continuaba igual era el número en el dorso de su mano, ahora escrito sobre las escamas.

Un sonido estridente la hizo sobresaltarse. Una especie de bocina. Miró hacia todos lados, intentando buscar su origen. De alguna forma, podía sentir sus oídos más sensibles, pudiendo identificar la frecuencia exacta de aquel sonido, y de los que llegaron después.

Una estampida se estaba acercando a ella: cientos de pasos apresurados, todos al mismo tiempo, corriendo en su dirección. También había aleteos. Miró hacia todos lados una vez más, pero no pudo ver a nadie. Sin embargo, sabía desde que lado vendrían, por lo que corrió hacia los árboles, a escapar de lo que sea que estuviera corriendo y esconderse.

Pasaron unos minutos en donde el sonido se hacía cada vez más fuerte, hasta que las criaturas responsables aparecieron en su campo de visión. Pudo reconocer a muchas como las criaturas que había visto en las vitrinas. Parecían estar huyendo de algo ya que corrían de forma desesperada, algunas intentaban aplastar a las demás para llegar más rápido hacia su objetivo. Objetivo que no parecía estar a la vista.

Movió levemente la cabeza, dándose cuenta de que otro sonido se acercaba también. Se trataba de más pisadas, pero estas eran más lentas y pesadas. La criatura responsable no tardó en aparecer. La observó desde su escondite en los árboles. Se trataba de un gigante de piel de acero y colmillos gigantescos en una boca tan grande que podría tragarse a varias de aquellas criaturas que corrían de un solo bocado.

Y, para su sorpresa, eso hizo. A pesar de su lentitud, pudo tomar a varias criaturas y sacarlas de la estampida para llevárselas a la boca y comérselas. Los colmillos atravesaron armaduras y piel por igual, quebraron huesos y desgarraron carne. La sangre saltó por doquier, manchando la piel del gigante. Fueron tragadas por entero.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no lanzar un alarido de terror y revelar su posición.

A aquellas primeras víctimas le siguieron más. El gigante agarraba a cuatro o cinco criaturas a cada paso que daba y las devoraba, sin dejar restos detrás. La estampida continuaba y pudo ver que, en las primeras filas, había criaturas que luchaban entre ellas por llegar primeras. ¿A dónde? No tenía idea. Un refugio quizás.

Desvió la mirada de la grotesca escena y miró los árboles. A diferencia de lo que había creído en un principio, se trataba de más de una hilera. Era un bosque, que continuaba hasta más allá de la vista.

Observó sus nuevos brazos, largos y flexibles, con aquellas garras tan largas tanto en manos como en pies. Tenían que servir para algo y no se le ocurría una forma mejor de averiguarlo que intentando. No tenía muchas otras opciones, después de todo. Intentar saltar de árbol en árbol o ser comida por el gigante.

Flexionó las piernas, llenándose de impulso, y luego dio el salto. Estiró su brazo derecho y se aferró de una de las ramas del árbol que tenía enfrente y gracias al impulso se balanceó. Soltó la rama y estiró el brazo izquierdo, hacia otra rama que veía enfrente. La tomó y una vez más se balanceó para impulsarse hacia adelante. Aquellas primeras ramas no fueron sencillas, pero luego comenzó a tomar ritmo y terminó por avanzar de árbol en árbol bastante rápido, casi tanto como quienes escapaban a pie por el camino principal.

El gigante continuaba con su caminan, comiendo seres a cada paso que daba. Era insaciable. Mirando hacia adelante, hacia donde estaba dirigiéndose, pudo notar aquel bosque no parecía tener un final. Tampoco el camino principal. Aquello no era un círculo, como había pensando en un principio, era un anillo. Un circuito infinito del cuál no se podía escapar. Era continuar corriendo y eventualmente morir de cansancio, o dejarse devorar por el gigante.

No era justo. ¿Qué había hecho ella para merecer aquello? Nada. Absolutamente nada. O quizás sí había hecho algo, pero no podía recordarlo. Apenas si podía recordar que era humana y que había nacido en el planeta Tierra. El resto de su vida estaba borrosa.

Se detuvo de pronto, para recuperar el aliento. No recordaba quién era y por lo tanto cómo había terminado allí. ¿Y si había sido ella misma la que se había ofrecido? No, no podía ser. No recordaba quién era, pero estaba segura de que su instinto de supervivencia todavía funcionaba. Ni en un millón de años se hubiera ofrecido voluntaria para semejante cosa, para semejante… carnicería.

Porque eso, lo que ocurría frente a sus ojos: una carnicería.

Los seres seguían siendo devorados y por lo que pudo ver, era evidente que muchos caían en dicho destino por culpa del cansancio. Se tropezaban con sus propias piernas, bajaban la velocidad o simplemente se rendían.

Se quedó un momento observando la grotesca escena, y solo entonces cayó en la cuenta de que los demás también debían ser personas obligadas a cambiar de forma y correr por sus vidas. ¿Era eso lo que estaban haciendo? ¿O acaso eran simplemente presas para aquel gigante? Quizás eran solo ratones que habían lanzado a una serpiente, para que el depredador no se aburra mientras come. Pero si ese era su destino, ¿por qué las armaduras? ¿Por qué algunos tenían armas? No, tenía que haber otro objetivo.

Quizás vencen al gigante.

Miró sus nuevos brazos una vez más. Observó los árboles y el gigante, que continuaba su avance. Era una chance pequeña, pero podía intentarlo. Era mejor que las otras opciones.

Lanzó un largo suspiro y se acercó a la rama más alta y más cercana al camino principal. Trepó hasta ella y observó como el gigante se acercaba, despacio. Se preparó, caminando hacia la parte más proximal de la rama y preparando sus piernas para el gran impulso que debía tomar.

Cuando el gigante estuvo a su misma altura, corrió lo más rápido que pudo y, al llegar al extremo de la rama, saltó.

El viento le chocó la cara, así como también el olor a sangre y carne. Estiró los brazos y expandió sus garras tanto en pies como en manos. Cuando comenzó a caer, el gigante giró su enorme cabeza y la miró, pero la gravedad ejerció efecto de forma más rápida sobre su cuerpo liviano, por lo que las manos gigantes y metálicas no pudieron agarrarlas. Cayó sobre el hombro del gigante y con sus ganas logró sostenerse del metal para no caerse. El gigante movió su mano, intentando quitársela de encima, pero no lo logró.

Utilizando sus garras, comenzó a caminar en cuatro patas sobre el cuerpo del gigante, que se había detenido. La bestia comenzó a mover sus brazos de forma torpe, pero ella era más rápida y hábil y pronto se ubicó en la nuca del gigante, justo en la unión entre su cabeza y el resto de su cuerpo.

No tenía idea si aquello iba a funcionar, pero una vez más, no perdía nada con intentarlo.

Clavó las garras de sus manos en el metal y comenzó a hacer fuerza para abrir un hueco en el mismo. Para su sorpresa, lo que encontró debajo no fueron cables y maquinaria, sino carne.

Aquella era una criatura viva.

Miró hacia arriba, sorprendida. Por un momento, dudó. ¿Y si aquel gigante era como ella? ¿Si había sido convertido en eso y luego lanzado a ese lugar? No podía saberlo, no tenía forma de averiguarlo. Apretó los labios y cerró los ojos por un momento. Debía tomar una decisión. Era su vida o la del gigante.

Y ella eligió la propia.

Clavó las garras en la carne descubierta y comenzó a desgarrarla. La sangre surgió a borbotones. Negra y espesa, manchando el metal y sus propias escamas. El gigante lanzó un grito y se movió hacia todo lados. Sus brazos ahora se movían más desesperados, intentando agarrarla.

Ella los esquivó y volvió a clavar sus garras en su cuerpo. Un nuevo grito salió de las fauces metálicas. Pudo escuchar además un grito multitudinario proveniente desde el suelo.

Miró hacia abajo y pudo ver como los sobrevivientes comenzaban a atacar al gigante. La mayoría atacaba los pies, los pocos que podían saltar, se trepaban a sus piernas y clavaban sus garras o armas en el metal, para poder desgarrarlo y luego atacar la carne, imitándola.

El gigante continuó gritando y se tambaleó, lo que provocó que ella se resbalara por su espalda. Una vez más, clavó sus garras en el metal, pero esta vez para evitar caer. Los demás seres continuaban atacando y entonces ella decidió saltar.

Una vez en el suelo, corrió, alejándose del gigante y de la multitud. Vio asombrada como la gran bestia caía de espaldas y el resto se le subía encima, como hormigas atacando una araña diez veces más grande que ellas mismas.

Miró hacia el cielo. Luego, hacia los costados. Los gritos del gigante se detuvieron de repente, siendo reemplazados por gruñidos y el sonido de armas chocando unas contra otras. Cuando miró en dirección al cuerpo y la multitud, vio que los seres que lo habían rematado luchaban entre ellos. Muchos ya habían caído, también muertos.

Ella entrecerró los ojos. ¿Cuál era el punto de aquello? Seguía sin entenderlo. Seguiría sin entenderlo por los pocos minutos de vida que le quedaban.

Comenzó a caminar, alejándose de la multitud. No quería participar en aquella matanza. Había atacado al gigante para sobrevivir, pero lo demás no tenía sentido.

Eso fue lo que la condenó.

Escuchó pasos detrás suyo y los reflejos de aquel nuevo cuerpo le sirvieron para reaccionar lo suficientemente rápido y bloquear el primer ataque. Los ojos del ser que pretendía matarla eran de un rojo intenso.

Intentó alejarlo, pero lo que tenía de rápida y ágil, carecía en fuerza, y pronto se vio abrumada por la fuerza ajena. El ser la tiró al suelo y le dio un pisotón en la pierna, quebrándosela. Lanzó un grito, que salió en forma de rugido. Movió los brazos, como había hecho el gigante momentos antes, para intentar atacar a la bestia de ojos rojos. Sus garras lograron lastimarle los brazos, pero no fue suficiente.

El ser levantó su espada, aún pisándole las piernas para que no escapase, y la dirigió con toda su fuerza contra su pecho. El metal traspasó la armadura, las escamas e incluso toda su carne. Solo frenó cuando encontró el suelo, duro y ahora teñido de sangre. Esa sangre que no era suya, no realmente.

Sintió como el cuerpo se le entumecía. El dolor se desvaneció de a poco. La bestia de ojos rojos quitó su espada, desgarrando aún más su torso, y se marchó, dándola por muerta.

Miró el cielo. Estaba celeste y no había nubes. Era un día agradable. El olor a sangre la invadió y su último pensamiento fue que seguía sin recordar su nombre, no sabía quién era.

Estaba muriendo como un monstruo sin nombre.