Los medios de comunicación, los periodistas, las encuestas, los estudios de mercado, los políticos y los empresarios todavía defienden una hegemonía surrealista disfrazada por la necesidad de progreso, estabilidad social y sentido común. Gramsci se retuerce.

En los años 20, nuestro valor se calcula por el capital económico y la plusvalía que consiguen a costa de nuestro cansancio. Cautivos de una depresión basal, que se expresa como angustia física, mental, relacional y política. Lo que desemboca en una sensación de desarraigo.

Vivimos en un mundo con nombre obsoleto; somos números del sistema globalizado. Explotados por el uso irresponsable de los avances tecnológicos desmesurados. «La desmesura (hybris) debe ser apagada más que un incendio», dijo Heráclito de Éfeso (535 – 470 A.C.).

Siempre reina el caos, la muerte y la guerra. Pero no olvidemos aquella disposición subversiva. De la mano con el aislamiento, la conversación y el caminar sin rumbo.

Debemos tomar distancia de lo establecido. Saciar nuestros deseos revolucionarios. Adoptar una actitud inconformista hacia la experiencia urbana con el fin de resignificar los elementos que conforman las estructuras.

Solo así crearemos nuevas palabras que comuniquen los sentires.

«¡A la deriva! ¡Un pequeño bote a la deriva!
¡Y cae la noche!
¿Acaso nadie guiará el pequeño bote
al pueblo más cercano?

Así cuentan los marineros — sobre el ayer —
que cuando la tarde se puso ocre
un pequeño bote abandonó su lucha
y a las profundidades bajó y bajó.
Así cuentan los ángeles — sobre el ayer —
que cuando la mañana se puso roja
un pequeño bote — superado por las galernas —
aparejó sus mástiles — engalanó sus velas —
¡y con júbilo - salió disparado!»

Emily Dickinson.

Sin aislamiento caemos presas de Moloch. Su botín es nuestro dolor absurdo de la vida cotidiana.