Venga, empezamos de pie y rolamos 10 minutos sin parar, vamos a hacer eso 2 veces, dice el coach. Llevo varios meses asistiendo a estas clases de Jiu Jitsu Brasileño y ahora estoy enamorado de la jaula. Algunos solamente ven violencia en el octágono, pero eso es una mera ilusión. En este tatami la disciplina es primero, técnica antes de fuerza. Cada lagartija, voltereta, sumisión y sudor es para mejorar, crecer.

Me coloco el bucal. Antes de comenzar el respeto va primero, mi contrincante me da la mano e inmediatamente la cordialidad se retira por un momento pues el objetivo es tomar brazos, piernas o codos y doblarlos hasta la rendición. Una vez encerrado entre la fuerza de otro ser humano entiendes lo importante de saber defenderse.

Logro un derribo. Mi oponente se retuerce. Desliza su cuerpo por el tatami hasta lograr guardia total. Inmoviliza mi brazo, busca un kimura, pero logro zafarme. Con mis codos libero mi cadera prisionera de sus piernas. Busco control lateral de la posición, pero mi oponente me avienta con la suficiente potencia para liberarse. Rápidamente está de pie.

Escalando las manos la lucha se intensifica. Mi corazón se acelera, el bucal provoca que respirar sea más difícil con cada segundo, aún así encuentro una abertura para atacar su cuello. Ahora él defiende. Trato de cerrar el agarre de la guillotina, pero mis manos simplemente no tienen la fuerza suficiente. Busco un reajuste y en un instante pierdo todo avance logrado. Mi oponente es libre, otra vez.

Acelerado y con los brazos hormigueando trato de no dar descanso a mi rival y me abalanzo como puma agotado sobre sus piernas. Con un sprawl casi instantáneo toda presión desaparece y sus brazos se convierten en tenazas y mi cuello en un molusco atrapado. Su peso ahora recae en mi cuello, mis rodillas tocan el suelo, es como si tratara de separar mi cabeza del cuerpo. Ataco el agarre a pesar de que son unas manos sólidas como el acero. Reajusta la presión y comienza a caminar en círculos. Ahora me encuentro acostado y con el oxígeno cada vez más reducido.

Mi cerebro ordena seguir luchando, encontrar una abertura y mantener mis piernas firmes, pero el aire huye de mi cuerpo. Me resigno, no queda otra salida. En mi cabeza hice el tap para ser libre mi oponente. Esperaba recuperar mi cuerpo, dar una bocanada de aire y así regresar al mundo que estaba abandonando, esto nunca ocurrió.

En un parpadeo me encuentro frente a un ocaso eterno. Un sol apunto de morir, el cielo es gris, pero sin nubes. Rodeado de un desierto sin fin. Tratar de ubicar dónde estoy, es inútil. No conozco mis manos, mi nombre desaparece y la estrella moribunda hechiza mi cuerpo, lo llama.

Ven a mí, susurra el fulgor. Comienzo a dar pasos hacia el astro agonizante. Noto que mis pies no dejan huellas. NO DEVÍES LA MIRADA, una voz aturdidora resuena y deja un pitido constante en el aire. Un último destello resplandece todo y el sol desaparece, en su lugar una puerta de madera se materializa frente a mí. Perfecta, la madera es suave, un mismo barnizado insuperable, manija de un dorado hipnótico obligando a mi mirada a mantenerse fija. Comienza a abrirse.

La silueta que se presenta ante mi no tiene ojos, pero aún así siento a un rostro examinar y perforar mi ser. Conoce todos los sueños, planes, familias y amigos de cada individuo de la tierra, nada se le escapa. Con paso firme y elegante se acerca mientras me tiende una mano a forma de presentarse.

Escuchas su melodiosa dicción por primera vez. Sabes que llegará ese día, ¿no?, te veo algo confundido. Sabes exactamente a qué se refiere. Cuando la hora sea la indicada, y no esté preparado, me tomará por el brazo y me jalará hacia el interior de la puerta. Nada podré hacer. Ni un solo grito porque me arrebatará la voz; no sudaré pues mi cuerpo estará seco; la vista será un privilegio con el cual no contaré porque ella colecciona ojos.

La estoy conociendo por primera vez. De inmediato sé que es mejor aceptarla y todo esto no será cruel. Exactamente, puedo ser una buena anfitriona si me lo permites, así como una vieja amiga y sentarte a mi mesa, dice la sombra. Sientes una sonrisa sincera.

El susurro recorre tu alma. Te conozco bien, no temas, aún no es momento, pero cuando llegue, aquí tendrás tu tacita de madera para mate, bombilla de plata y tu cosecha favorita. Podrás contarme cómo fue, tus hazañas, logros y si fue perfecto.

Asientes y en un parpadeo me encuentro boca arriba en el mat con los ojos del coach y mi oponente expectantes, un tanto preocupados. ¿Estás bien? No te pares hasta que te sientas al 100, habla el entrenador. Asiento y sonrío. Todo está bien, excelente. Me acerqué a lo conocido, estreché su mano y sentí su hospitalidad.

Ahora, alrededor del tatami, siento a la silueta pasearse, complacida y sonriente de aquellos humanos decididos a verla sin prejuicios, aceptándola tal y como es.

Mejorar para crecer. Aprender disciplina, enfoque, la fuerza de tu cuerpo. Esto es el octágono, acoger a la presencia tranquilizadora y aterradora, puedes pasar una vida ignorando que está ahí, pero tarde o temprano, a su reino llegaremos todos.