Apenas nació mi hijo, lo sostuve en mis brazos con torpeza. No supe bien cómo acomodarlo, si lo estaba sujetando demasiado fuerte o si lo que sentía en ese momento era suficiente. Me dijeron que los bebés reconocen la voz de su padre, pero él solo me miró con los ojos entrecerrados, como si aún no decidiera si confiar en mí.

Siempre nos han dicho que ser padre es estar presente, pero de una manera casi abstracta. “Tienes que ser su apoyo, su referencia”, “tienes que darle seguridad”. Nadie me dijo que muchas veces no sabría qué hacer. Nadie me explicó que, a veces, cargar a un bebé que llora sin parar puede derrumbar tú seguridad.

Los primeros días fueron un desafío. Mamá tenía un arma infalible contra su llanto desconsolado, sabía calmarlo, interpretar sus gestos. Yo, en cambio, intentaba que el amor que sentía por él se le hiciera evidente, casi como si pudiera salir por mis poros, pero parecía que no funcionaba. ¿Y si simplemente no tenía ese “algo” que se supone que debía tener un padre?

Recuerdo varias madrugadas cuando me levantaba a cargarlo para que mamá pudiera dormir unas horas más. Él lloraba, y yo lo paseaba por la habitación en la penumbra, diciéndole palabras sin sentido con la voz más suave que pude encontrar, probé cantar, pero mi voz sonaba extraña, incluso para mí.

Me gustaría decir algo como “Hasta que, sin pensarlo, lo acuné sobre mi pecho y simplemente respiré hondo. En algún momento, su llanto se fue apagando, como si mi respiración le diera una señal de calma. Sentí su cuerpecito relajarse, su cabeza acomodándose bajo mi cuello, su mano diminuta descansando sobre mi camisa.” Suena tan de libro, pero en mi caso no fue así, en sus primeros meses durante paseos interminables no sabia en que momento ni como se dormía , pero nunca lo dejé solo, siempre lo intenté, aunque me sintiera el padre más inútil.

La paternidad es una transformación tan profunda como la maternidad, con sus propios retos y aprendizajes. Y lo más importante: es una oportunidad para derribar los estereotipos que nos han impuesto, no romantizar la paternidad antigua del descuido y dejando a la madre trasnochada y cansada por que papá tenia que dormir bien para ir a trabajar.

El mito del padre fuerte y la ternura como pilar

Nos enseñaron que la ternura es algo secundario en la paternidad, como un adorno opcional. Crecimos viendo modelos de paternidad distantes, donde el afecto parecía algo contenido, medido, algo que solo se mostraba en pequeñas dosis y en momentos especiales.

Nos cuesta expresar afecto porque nuestro padre ya venía mejorando en lo que podían de un modelo de crianza más duro o porque la cultura nos enseñó que la dureza es sinónimo de respeto. Pero la realidad es que el respeto y el amor no se construyen desde la distancia, sino desde la conexión diaria, desde la presencia constante, es esperar a que se calme cuando se siente mal, es estar cuando no hay respuestas claras o también es sostener una manito pequeña mientras aprende a caminar.

La ternura no nos hace menos hombres, no nos hace menos padres. Nos hace humanos.

El temor a mostrarnos vulnerables nos ha hecho perder muchas oportunidades de crear un vínculo más profundo con nuestros hijos. Nos dijeron que un padre no llora, que un padre no duda, que un padre solo “cumple”. Pero ¿qué pasa cuando ser padre es también sentir miedo, agotamiento, incertidumbre?

La paternidad imperfecta: aprender en el camino

Con el tiempo, entendí que ser padre no es solo proveer ni estar en un segundo plano, como si la crianza emocional fuera responsabilidad exclusiva de la madre. Es ser refugio, es aprender a leer las señales, es abrazar con todo el cariño del mundo.

Los momentos de incertidumbre siguen apareciendo. Hay días en los que no se si lo estoy haciendo bien, en los que las noches de mal dormir se van acumulando. A veces no tengo ganas de jugar o el cansancio me vuelve menos paciente de lo que quisiera. Pero la paternidad no se trata de ser perfecto, sino de ser constante.

Aprendí que un niño no recuerda si su padre se equivocó al preparar una mamadera o si su canto de cuna fue desafinado (acá un dato que leí y me ayudó mucho, al oído de los bebes el canto de sus padres es el más hermoso que hay, así que canta sin vergüenza él no sabe que desafinas). Recuerda si lo miraron con ternura cuando estaba confundido. Recuerda si hubo brazos que lo sostuvieron cuando se cayó. Recuerda si encontró consuelo cuando se sintió solo.

Hoy sé que la paternidad es un proceso de crecimiento mutuo. Que el amor se construye en cada gesto, en cada noche en vela, en cada pañal cambiado con más voluntad que destreza.

No hay un manual para ser padre. No hay una única forma correcta de hacerlo. Hay intentos, errores, aprendizajes. Y sobre todo, hay amor.